Escrito por Tendenzias

Tazio Nuvolari, 30 años de actividad (historia)

Nacido en 1892, falleció en 1953; debutó en 1920 y se retiró en 1950. Fechas escuetas esenciales, pero que no dicen nada. A lo sumo abarcan 30 años de actividad ininterrumpidos. Pero, si se piensa que corresponden a la vida de Tazio Nuvolari, entonces se convierten en fechas muy importantes, fundamentales en la historia del automovilismo: el nacimiento de un hombre excepcional, el debut de un piloto destinado a figurar en la leyenda, el triste abandono de un campeón cansado y enfermo, la muerte dolorosa alejado de las competiciones.

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Cuando se habla de Tazio Nuvolari, los términos más empleados (como mito, leyenda, conducción heroica, bravura sobrehumana, etc.) contribuyen a situar su figura de hombre y piloto en una dimensión que supera los confines de la realidad. Él mismo se creó y fomentó esta imagen irreal y fascinante.

Toda una serie de milagros caracterizaron, en efecto, su actividad de principio a fin: se salió de la carretera con un coche y, 15 días después, todavía vendado y escayolado, se hizo con una motocicleta, corrió y ganó, batiendo con una 350 a las de 500 cc; 2 años más tarde, se salió de la carretera con una motocicleta y al cabo de una semana corrió nuevamente con la espalda escayolada; pasados 7 años, compitió en una pista alemana con una pierna (la izquierda) escayolada; 30 días antes había sufrido el accidente más grave de su vida al estrellarse contra un árbol, pero ni eso fue suficiente para que observara un razonable periodo de convalecencia.

Dos años después, se salía durante unas pruebas a más de 200 km/h, resultando con graves lesiones en la espina dorsal: pero, 3 días más tarde competía nuevamente tras haber llegado al circuito sostenido por los brazos y con el busto enfajado. En otras dos ocasiones logró salvarse arrojándose en marcha del coche en llamas y, en cierta ocasión, se le rompió el aro del volante, se detuvo en el box para entregarlo a los mecánicos y prosiguió la carrera maniobrando tan sólo con los radios.

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Incluso, en las últimas carreras disputadas, Nuvolari causó sensación, como sucedió en dos ediciones de las Mil Millas, durante las cuales atravesó Italia suscitando entusiasmó y conmoción.

A todo esto hay que añadir aquello que la leyenda, paso a paso, se ha encargado de llevar más allá de la realidad. Hechos que no merece la pena desmentirlos, puesto que, aunque son fruto de la imaginación, como la famosa historia de los faros apagados para engañar a Varzi en las Mil Millas, no contrastan con el singular cuadro de su vida de piloto.

Fantásticas, por ejemplo, fueron sus victorias increíbles, obtenidas con medios mecánicos netamente inferiores ante la superpotencia de los coches alemanes de los años treinta que, en bloque, se presentaban a las competiciones para defender y acrecentar el prestigio de una nación. Éxitos que han tenido poca repercusión en la historia de automovilismo.

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Queda por hacer una última consideración: Nuvolari no sólo fue extravagante y fantástico, sino también completo, más que cualquier otro: con una carrera dilatada (como Caracciola): una capacidad para conducir casi de tipo máquina (como Moss), sobre seco y sobre mojado, tucía táctica y una férrea determinación de ganar (como Fangio), e igualmente combativo cuando se encontraba en cabeza (como Ascari) y cuando acosaba (como Rosemeyer). Su dedicación al automovilismo fue total: se retiró cuando ya la decadencia física le llevaba en cada carrera el borde del colapso.

Todo ello basta y no acaba para hacer de aquel hombrecillo pequeño y enjuto, nacido en Casteldario (Mantua) el 16 de noviembre de 1892, una auténtica excepción. Ninguno de los hombres más dotados que se han dedicado a la competición puede vanagloriarse como él al cien por cien. Sin embargo, este perfeccionamiento se vio ensombrecido por una acusación que le imputaron algunos: la de romper el coche frecuentemente. Pero se trataba de una acusación infundada, puesto que la fama de rompecoches le vino de que en los primeros años se vio obligado a correr con chatarra que se habría roto en las manos de cualquiera.

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